Mostrando entradas con la etiqueta Abdominales Mentales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Abdominales Mentales. Mostrar todas las entradas
viernes, 25 de noviembre de 2011
TESORO
Mi mamá llega a casa con una bolsa sospechosamente preciosa en la mano.
Yo observo atenta cada movimiento que hace, desde cómo se sienta en el sofá hasta cómo coloca la bolsa sobre el suelo que parece un espejo rojo.
Ella se enreda hablando con mi tía, su hermana, que se ha quedado para cuidarme. La bolsa sigue cerrada, sobre el suelo frío, casi ausente.
Comentan entre ellas los detalles de mi fiesta de cumpleaños que celebraremos el sábado. Me caen cuatro, así que miro los dedos de mi mano derecha y pienso que casi se ha completado, me siento muy mayor.
La bolsa continúa en el suelo y yo comienzo a desesperarme.
Mi tía saca del armario el traje que me ha hecho la abuela para mi fiesta. Iremos todos disfrazados. Se trata de un vestido de gitana, rojo con lunares blancos, grandes y muchos volantes y flecos.
De una caja de zapatos viejos saca mi madre una peineta de plástico que también es roja y unos pendientes enormes que cuelgan.
Yo los cojo y me los pongo porque puedo sola, delante del espejo y me miro y me vuelvo a mirar.
Pero la bolsa se refleja en el espejo y despista mi juego esperando ser descubierta.
Doy media vuelta muy despacito, con un pendiente aún colgando del lóbulo izquierdo y me acerco sigilosamente hacia el tesoro.
Madre y tía se han ido a la cocina y las oigo hablar a lo lejos pero no me interesa lo que dicen.
La bolsa queda a mis pies y su suerte a mi voluntad; conozco el contenido pero me da igual y un cosquilleo sube por mi cuerpo y mientras alargo los brazos y estiro mis dedos parece que éstos se han dormido. ¡No! Cómo se van a dormir en un momento así.
Por fin cojo la bolsa y la coloco sobre mis piernas al tiempo que me siento en ese suelo tan frío y tan rojo.
Es realmente una hermosa bolsa de plástico. No sé bien lo que pone pero distingo algunas letras. Dentro hay una caja alargada, bellísima también. La abro allí mismo, sin sacarla de la bolsa y ahí están mis zapatos de cumpleaños, mis zapatos rojos.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
EL VIENTO
De alguna manera me doy cuenta de que me andas rondando.
Apareces sutil, limpio, invisible, por sorpresa, sin pedir permiso y así sin más me envuelves, me invades y traspasas uno a uno mis límites, ésos que tan sólo permito en ocasiones contadas, cuando voy a alguna ciudad de las grandes y me subo al metro en hora punta.
Me levanto muy despacio y abro la ventana para escucharte mejor. Me despeinas, sin ningún tipo de vergüenza, no tienes ni idea de lo que es el pudor.
De repente te disfrazas de Eolo y te vuelves poderoso y altivo; vas de menos a más, te elevas, revoloteas como mariposita. Luego te haces menos, como una brisa casi imperceptible, jugamos al escondite y sí, sigues aquí. Eres tú el que decides con quién estar y a quién asustar; qué puertas y ventanas azotar con una pequeña ráfaga, qué tejas y macetas tirar de algún balcón confiado.
Te duele que ya no seamos capaces de recordar, como antiguamente, allá en el campo, tus mil nombres y los males que a ellos se asociaban. Has perdido ese respeto y aunque siguieses teniendo el poder de adueñarte de la voluntad de las personas, de sus arrebatos, hoy más bien se habla de que puedes producir un pequeño mareo, dolor de cabeza o tal vez despertar un amor loco, una pasión desenfrenada.
Sé que me tengo que cuidar de ti, sobre todo si pareces enfadado con el mundo y hay momentos en que sí que lo estás. Primero susurras delicado al oído incauto para luego rugir sin compasión en un concierto del que eres el único instrumento.
Te puede la soberbia de un dios, incluso la ira. Te tornas pegón sin motivo, como el niño de tres años que no es capaz de entender el daño que puede causar. Simplemente te diviertes. Y levantas olas mareando al mismísimo mar o muy creativo tú, construyes remolinos que se tragan casas, personas y pueblos enteros.
Cuando ya no puedes con tanta risa decides parar, un poco fatigado tal vez y pasas a admirar tu gran obra. Sin que nadie lo espere lloras arrepentido, no te gusta lo que contemplas y tú, tan etéreo, sientes nauseas.
Para desgracia del mundo eres un completo desmemoriado, careces de recuerdos, ni tan siquiera sabes que una vez fuiste pequeño y que tuviste una madre. Pero tu vacío tan sólo lo sientes y es por eso que haces lo que haces y que eres como eres.
Foto: Consecuencia del primer temporal del otoño en Hendaya.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)